viernes, 9 de diciembre de 2011

Saico Killer

Un hombre asiste al teatro después de una larga jornada de trabajo buscando relajarse. La obra comienza. Intrigado, confundido, y asombrado observa cómo el personaje del protagonista se asemeja a él, le calcula una edad muy parecida a la suya, la falta de amigos les hace más difícil sobrellevar el pesado cotidiano y sufren la misma condena de soportar, insatisfechos, el trabajo a diario. A pesar de ello, había una gran diferencia entre ambos: su esposa. Al protragonista de la obra, su mujer, lo engañaba sin misericordia a todas hora, y prácticamente con todo el mundo, sin que este tenga la mínima sospecha. Por su parte, el no tan desafortunado hombre, tiene una esposa muy fiel, o por lo menos él lo supone. Raramente, un desasosiego se adueña de su espíritu. Decide aparecer en su casa a una hora inusual, coge las llaves del auto y se dirige a su casa. Al llegar, entra sigilosamente a su casa y descubre a su esposa en su habitación viendo la fotografía de un hombre. Siente un impulso desenfrenado de ofenderla, insultarla, entonces respira hondo, cuenta hasta diez, se muerde la lengua y traga sus palabras. Le pide una explicación a la misteriosa mujer, y ésta se queda atónita, pálida y finge desconcierto, pues le explica que ese hombre es sólo un tío que él no conocía, que sólo guarda recuerdos oscuros, que no tiene por qué tener esa actitud y que le parece inaudito que se ponga así por una tontería, que los celos son signo de un hombre sin autoconfianza, y que debería descansar. A la mañana siguiente, mientras desayunaban, ella le preguntó si sucedía algo, si necesitaba saber algo, así que él le contó que fue a una obra y todo lo que refería a esta. "Jajaja no seas tan retorcido; baña un poco tus deducciones" fue todo lo que dijo ella, le dice que es algo totalmente estúpido y que le asombra que piense aquello. Alfonso, como se llama el hombre, le pide disculpas y le promete que no volverá a desconfiar de ella. Muy felices los dos deciden recostarse en la cama, y entre besos con sabor a terciopelo y caricias dulces como el almíbar, hacen el amor. De repente, la mujer asustada y casi paranoica, le dice que tiene que irse, que debe hacer algo y que debe hacerlo ya. "Olvidé algo en el trabajo, mi cielo, ya regreso" se fue tan de prisa, que Alfonso sólo alcanzó a escuchar el lúgubre sonido de la puerta.

Alfonso se encontraba en el comedor, inmóvil como una pared. Esperó a que llegara su esposa, y cuando ella llegó, trajo consigo un pequeño cuaderno. Para no alzar sospechas, ella le mostró sin ningún problema lo que yacía escrito en dicho cuaderno. Anotaciones extrañas, números infinitamente coléricos, y una caligrafía laberíntica era todo lo que encontró. Esa noche no dijo nada, esa noche no le reclamó nada, no le pidió aclaraciones; esa noche no hablaron, esa noche no hubieron besos, ni secos, ni melosos, ni agridulces, no hubo nada.

Alfonso, echado en su cama pensando en lo ocurrido, sentía que poco a poco su matrimonio se iba al diablo, como un avión estrellado pues dudaba más de ella, y afirmaba lo que tanto le rondaba por su mente: un amargo e intragable engaño. Sentía que excavaba un agujero negro, del cual nunca saldría, sentía una tristeza ensordecedora, un dolor espinoso, son sabor a hiel. Sentía que debía llegar al fondo del asunto y que necesitaba saber la verdad tan malditamente impredecible.

Alfonso, mientas más se daba cuenta de la extraña actitud de su esposa, se propuso a revisar sus cajones, su ropero, empezó a revisar hasta lo más mínimo aprovechando que su esposa estaba ausente debido a sus raras salidas nocturnas. Desagradable sorpresa que se llevó, encontro fariseísmo, hipocresía, falsedad y una corbata con extrañas manchas color carmín.

Alfonso, con el hígado en la mano y el cerebro abducido, esperó. Ella llegó. Llegó llorando, con el rostro mostrando un sarcástico arrepentimiento, y con la cara manchada de sangre le dijo "No pude contenerme; mi placer pudo más; no quería; creéme que no" Él, mudo del asombro le flechó una áspera mirada, y ésta le explicó que había assinado a su mejor amigo, que tenía una debilidad brutal, que no pudo con su inexplicable gusto por asesinar personas del sexo masculino: ella era una asesina a sangre fría. Se quedó atónito.

De pronto y sin que él pudiera reaccionar, sacó una pistola de su bolsilo derecho y disparó ruidosamente sobre su garganta.


Fiorella Sobrino Nakamura

lunes, 23 de mayo de 2011

Esto no es amor, es sólo un sueño con amor.


El interior era color grisáceo, algo oscuro y tenebrosamente acogedor. Los asientos eran como para que ni el más amorfo ser pueda sentirse incómodo. Se podía observar desde el asiento trasero algunos garabatos en las paredes gastadas por el paso de los días, de los meses, de los años. A través de la ventana, se podía ver a los vendedores de maníes, caramelos y otras cosas… infinitas chucherías que a la gente suele atraerle, no sé por qué. Se podían ver a los señores árboles balanceándose de un lado a otro, por efecto del fuerte viento que corría ¡Sí que eran señores árboles! Hermosos sequoias.
Y ahí estaba ella, tan inocente, pura, como salida de esos cuentos de la época de mi abuela… donde sólo habían cosas coloridas y raras volando, ¿Hadas? ¿Mariposas? No lo recuerdo, pero ella con su baja estatura, las mejillas rosadas, esa sonrisita pícara que mostraba unos dientes que en algún momento serían sustituidos, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, resultaba un perfecto conjunto de desarmonías. Traía puesto algo azul encima, con manchas dispersas por doquier: un vestido diferente, para una niña que pasaba desapercibida. Y ese pequeño de pantalón gris con un polo desgastado: ¿Él? Simplemente un tonto niño, que disfrutaba de las estresantes vueltas del terco cubo mágico que tenía, era imposible de armarlo, figuradamente imposible. Intransigente él, intransigente el cubo. Ambos sin querer, sin saber lo que sucedería, se quedaron profundamente dormidos.
Era el año de 1968, época en la que Led Zeppelin, empezaba a sonar; The Who, impresionaba con sus exquisitos temas; y Deep Purple, enamoró a muchos con su canción Hush.
Como sea, ella tenía en la mano un long play que, a causa de su antigüedad, no era muy legible el nombre. Y ahí estaba él, que por el momento, no era él… o bueno así lo pensaba. Pequeños ojos indescifrables, un polo viejo y gastado de pinturas “Vencedor” y el pantalón remangado. Y ahí estaba ella, que por el momento, no era ella… o bueno así lo pensaba. Misteriosa mujer con los cabellos ondulados perfectamente desordenados, una blusa de seda y una falda con pliegues. Entre ellos, había algo de atracción: una inexplicable sensación de querer y no poder.
- ¿Sabes? Soy una rama al lado tuyo, salimos de la misma rama-madre, del mismo árbol grande, pero ni el viento me acerca –mencionó sin quitar la vista de los marrones ojos de la mujer.
-Quisiera no acercarme a ti, quisiera controlar esto- más ella no podía, al parecer no controlaba su cuerpo- No te conozco, pero siento que eres tú, que eres él, que eres esa persona: mi persona.
-Tómame del cuello, y oblígame a decirte esas cosas, las que quieres escuchar –le dijo sutilmente mientras en un ir y venir de su brazo, trataba de cogerle la mano.
A unas cuadras, había un teatro, decidieron entrar a ver El Rey León: típica de infantes que aún disfrutan del placer de ver dibujos con historias alucinantes.
Veinte años… larga vida de las hormigas. El tiempo y los medios que hicieron llegar los ojos de él a los de ella, la casualidad y los terceros que no sirven de pretexto absoluto. Incautos y distraídos con el corazón desorientado: era amantes de una ilusión del curso de un río desesperado. Nunca se quisieron ver, pero ahí estaban.
Hacía tiempo de una relación, cuando dos seres terrestres podían reír, llorar y abrazarse sin demostrar señales de debilidad carnal hacia el otro. Más no querían pero el movimiento de sus cuerpos, incontrolable era. Hacía tiempo de los prefijos y sufijos que deformaban toda sensación pasional al hacer contacto un cuerpo con el otro.
No hay un día extremo, ni tres escasos. ¿Sabrá rutinario el jugo de frutas cada mañana, salido de un artefacto silencioso o impreciso que nunca se deja escuchar? Las voces insignificantes que se atiborran en dimensiones y espacios fuera del ángulo visual. ¿La mujer de ayer es la de hoy? ¿Mi lugar para volver tendrá la misma dirección?
Extrañamente, todos estos pensamientos, bombardeaban la mente de él, ni siquiera tenían sentido. O tal vez ¿sí?
Y ahí estaban: ambos, mirándose como le mira un conductor a un semáforo.
El cielo azul y la pestaña perdida en las mejillas de ella, era el momento perfecto, o bueno no sé si perfecto, pero seguramente era el momento…
Tierna excusa resultó ser la pestaña. Él y su incontrolable ser se le acercó para quitársela con el roce de sus manos. Mirándose en el infinito de sus ojos, a pocos centímetros el beso que no se dio, pudo ser el más mágico de todos. Una descarga eléctrica por todos lados, una gota que se paseó por su cuello dándole escalofríos, depositó una semilla, a la que ella agregó tierra húmeda con su fría mano. Ahora, un árbol crecía en la mitad del pecho, las raíces se abren paso intentando que la sombra de un gran árbol llegue a envolverla. Esa fresca sensación que se desvanece de cuando en cuando y que la devuelve el viento del invierno, el efímero sueño, el sonido del tráfico.
En la última estación, la gente comenzó a dispersarse apresuradamente, abriendo paso al niño del cubo mágico, que parecía resaltar en la escena tan perturbadora. Se dirigía con prisa a la señora que vendía canchita dulce, la adoraba. Igual que a la niña que traía consigo un long play que le había regalado su abuela. Él la quedó mirando asombrado, como quien se encuentra a un viejo conocido y debe estudiarlo hasta una cuarta vez para cerciorarse que no está en un error. También ella lo miró.
-Nunca he armado este cubo mágico –atinó a comentarle a la pequeña.
- A mí nunca se me ha caído ninguna pestaña, hasta ahora –escupió ese comentario sin sentido, y en seguida se fue.
“Igual, hasta el día de hoy mantengo la verde sensación, la hoja fresca y el aliento a mentitas de que no fue el acabose, de que hay tropezones de todo y para todos, que seguimos estando conectados y desconectados en simultaneo, que algunos perspicaces pueden sentir esa electricidad en el aire cuando cruzamos miradas” –Pensó él mientras sentía la ingravidez de lo surreal.


jueves, 19 de mayo de 2011

Ella

En verdad, el aspecto externo de Ella era un poco extraño y tal vez podía atemorizar algo a la gente que da mucha importancia al orden estético. Se ve alta y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía veinte o ya veintitrés. Tenía el cabello lacio, castaño oscuro como la arena mojada, y parecía no haberse enfrentado nunca a un peine o unas tijeras. Sus cejas pintan una jungla escasa y ordenada sobre sus ojos; aquellos que son ligeramente pequeños, muy profundos y negros como la pez y al verla en esta fotografía es como si perdiese la vista en el horizonte infinito de sus recuerdos; malos o buenos igual son bienvenidos.

Su tez clara contrastaba con sus delgados labios color rosa pálido, sus ojos se encuentran adornados con largas y rizadas pestañas. Su misteriosa sonrisa conquistaba a propios y a extraños. Vestida de negro de pies a cabeza, parece un ser inanimado, craso error. Posee unas orejas jodidamente extrañas, como las de una elfa: son puntiagudas y en ellas se puede ver como unos aretes de libélula se posan sobre sí haciendo que su rostro parezca algo surreal. Y cómo no notar esas ojeras como las de un mapache, consecuencia de que disfruta mucho del silencio de la madrugada, de la paz nocturna, del canto de los grillos.

Ella tiene una apariencia desconcertante; su armonía es especial, su percepción de la belleza, quizás, varía totalmente a la de sus amigos, pero hay algo mucho más profundo que su forma de vestir y su aspecto físico. Ella tiene mucho que decir; pocos son los interesados en escucharla.


Fiorella Sobrino Nakamura

miércoles, 18 de mayo de 2011

La sombra de mi padre

Eres mi padre, eres extraño, hiriente, y tienes un aspecto de un hombre cruel, y la apariencia de alguien imponente, y un eterno resplandor de miedo se veia reflejado en tu rostro color infierno. Recuerdo, exactamente, el día en que te fuiste. Mi madre discutía fuertemente contigo, recuerdo su mirada de angustia, recuerdo lo que no decías y lo que ella te decía. Nunca entenderé a los adultos, pensé. Discutían por la limpieza, por la mesa, por todo y por nada. Esa noche caminabas en círculos, esa noche no me dijiste ni una sola palabra, ni siquiera me besaste, yo te esperaba. Esperaba el calor tan inexplicable, estoy seguro, todos los niños buscan de su progenitor, esperaba eso y nunca me lo diste. Esa noche, nunca obtuve la calma que tanto esperaba que me brindes. Después de todo eres mi padre, y al menos tenías esa obligación.

Los años eran meses; los meses eran días, los días eran horas, las horas eran minutos, y los minutos pasaban cada vez más lento desde el día en que dijiste "adiós".

Bueno, cuando te largaste, sí que pensé que el mundo era una real porquería. Aquella camisa me apretaba y la azul corbata me asfixiaba y mi abuela me agobiada con los abrazos. Me negué a pensar que te habías ido de mi lado, porque era inconcebible, porque resultaba insensato de tu parte y de tu supuesta conciencia paternal, porque no quería perderte.

Eres mi padre y, cuando te fuiste, noté que la habitación era grisácea, oscura, lúgubre, y sólo emanaba el olor de tu partida. Daba la sensación de que te habías ido de viaje, o peor aún que habías fallecido. La verdad es que para mi falleciste, y falleciste porque preferí asesinarte en mi mente, antes de pensar que habías asesinado el amor entre nosotros.

Pasaron los años y te encontré, de casualidad en una reunión. Te ví y viceversa. Se te rebosó la cara de extrañeza, así como si se tratara de un ser extraterrestre, los tíos, y los sobrinos presentes se quedaron mirando intrigados, alarmados, asustados y así se quedaron durante un breve tiempo y mi abuela te miraba con desdén y mi madre, ni que decir.

Decidí acercarme a ti para saludarte y no pasar de descortés. Noté que acomodaste tu camisa y echaste tu cabello para atrás, inclinaste tu cuerpo y te dirigiste a mi con un beso en la frente. Fue hermosamente extraño. Te comenté que estaba trabajando y que me iba bien e inconscientemente te di a entender que sin ti no había sufrido, que no eras del todo indispensable. Sin embargo me acerqué y te dije "eres mi padre, aunque te alejaste de mi, aunque no estuviste conmigo en los momentos de alegría, de triungo, de tristeza, aunque no estuviste conmigo en esos momentos, en mis momentos"

Ha pasado mucho, hemos ido por caminos diferentes; a pesar de que somos cercanos, estamos muy lejanos. No te guardo rencor: después de todo, eres mi padre.

Fiorella Sobrino Nakamura

miércoles, 27 de abril de 2011

Nostalgias de un sesentero

El cielo está oscuro, grisáceo. Da la sensación de que va a nublar, a llover, a enfriarse la hermosa tarde primaveral. Puedo darme cuenta de esto, pues el lugar carece de un techo: es descampado, se encuentra a la exhibición del astro rey, del astro luna y de unas pelotas ridículamente coloridas rebotando por doquier.

Agotado, exhausto, abatido, y consumido por el paso del tiempo, me dirijo hacia esa banca de madera, que en aquella época no chillaba como una golondrina. Hoy hace más de cuarenta y siete años; parece como si las polillas hubieran hecho un enorme festín con ella; está casi deshecha. En esta época del año, los árboles del parque están sin hojas y las pocas que quedan tienen tonos marrones, excepto los cipreses que son de hoja perenne. Algunas zonas del césped están cubiertas por una alfombra de hojas por lo que su color es verde y marrón.


Se pueden ver algunos columpios, niños, el escenario donde en actos festivos actúan grupos musicales y teatrales y la fuente de piedra por su parte trasera; también hoy se pueden ver niños jugando y gente paseando, mucha gente paseando; es más, creo que demasiada gente paseando, ha de ser porque es domingo.


Desde este lugar se oye la melodía del agua de mi pileta favorita, el piar de los pájaros, el sonido del viento y el ruido de los coches que pasan por la avenida.

Hoy hace viento por lo que las ramas de los árboles se mueven y a mí me produce una frescura intensa y, a su vez, una sensación extrañamente acogedora.

En el momento que estoy observando el parque percibo aquella pileta de agua. Indudablemente, su belleza es demasiado impresionante como para poder describirla. Si algo se ha omitido, ello ha sucedido en un exceso de asombro, pues se ha omitido porque no era posible describirla.

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Perspectiva de un anciano de 70 años- Parque de la exposición

Fiorella Sobrino Nakamura.


jueves, 21 de abril de 2011

Cuento sin U

Sin "U", yo me quedo pero tu desapareces...
Y sin poder nombrarte,
¿Cómo podría disfrutarte?
Como en el cuento... si tu no existes,
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente,
en el mismo
mismísimo
estúpido
espejo.

J.B.

domingo, 16 de enero de 2011

Hola Alguien

Cúrame
antes que comience el invierno,
mucho para darte no tengo,
tengo una vida
que esta deshecha y rota
sobre la mesa,
entre botellas,
y rotas promesas...

Hasme sentir
que las cosas tienen sentido,
que no todo esta tan perdido,
que hay un mañana,
que ya no me hacen falta
esas pastillas
para encenderme,
para brillar...