El cielo está oscuro, grisáceo. Da la sensación de que va a nublar, a llover, a enfriarse la hermosa tarde primaveral. Puedo darme cuenta de esto, pues el lugar carece de un techo: es descampado, se encuentra a la exhibición del astro rey, del astro luna y de unas pelotas ridículamente coloridas rebotando por doquier.
Agotado, exhausto, abatido, y consumido por el paso del tiempo, me dirijo hacia esa banca de madera, que en aquella época no chillaba como una golondrina. Hoy hace más de cuarenta y siete años; parece como si las polillas hubieran hecho un enorme festín con ella; está casi deshecha. En esta época del año, los árboles del parque están sin hojas y las pocas que quedan tienen tonos marrones, excepto los cipreses que son de hoja perenne. Algunas zonas del césped están cubiertas por una alfombra de hojas por lo que su color es verde y marrón.
Se pueden ver algunos columpios, niños, el escenario donde en actos festivos actúan grupos musicales y teatrales y la fuente de piedra por su parte trasera; también hoy se pueden ver niños jugando y gente paseando, mucha gente paseando; es más, creo que demasiada gente paseando, ha de ser porque es domingo.
Desde este lugar se oye la melodía del agua de mi pileta favorita, el piar de los pájaros, el sonido del viento y el ruido de los coches que pasan por la avenida.
Hoy hace viento por lo que las ramas de los árboles se mueven y a mí me produce una frescura intensa y, a su vez, una sensación extrañamente acogedora.
En el momento que estoy observando el parque percibo aquella pileta de agua. Indudablemente, su belleza es demasiado impresionante como para poder describirla. Si algo se ha omitido, ello ha sucedido en un exceso de asombro, pues se ha omitido porque no era posible describirla.
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Perspectiva de un anciano de 70 años- Parque de la exposición
Fiorella Sobrino Nakamura.
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