lunes, 23 de mayo de 2011

Esto no es amor, es sólo un sueño con amor.


El interior era color grisáceo, algo oscuro y tenebrosamente acogedor. Los asientos eran como para que ni el más amorfo ser pueda sentirse incómodo. Se podía observar desde el asiento trasero algunos garabatos en las paredes gastadas por el paso de los días, de los meses, de los años. A través de la ventana, se podía ver a los vendedores de maníes, caramelos y otras cosas… infinitas chucherías que a la gente suele atraerle, no sé por qué. Se podían ver a los señores árboles balanceándose de un lado a otro, por efecto del fuerte viento que corría ¡Sí que eran señores árboles! Hermosos sequoias.
Y ahí estaba ella, tan inocente, pura, como salida de esos cuentos de la época de mi abuela… donde sólo habían cosas coloridas y raras volando, ¿Hadas? ¿Mariposas? No lo recuerdo, pero ella con su baja estatura, las mejillas rosadas, esa sonrisita pícara que mostraba unos dientes que en algún momento serían sustituidos, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, resultaba un perfecto conjunto de desarmonías. Traía puesto algo azul encima, con manchas dispersas por doquier: un vestido diferente, para una niña que pasaba desapercibida. Y ese pequeño de pantalón gris con un polo desgastado: ¿Él? Simplemente un tonto niño, que disfrutaba de las estresantes vueltas del terco cubo mágico que tenía, era imposible de armarlo, figuradamente imposible. Intransigente él, intransigente el cubo. Ambos sin querer, sin saber lo que sucedería, se quedaron profundamente dormidos.
Era el año de 1968, época en la que Led Zeppelin, empezaba a sonar; The Who, impresionaba con sus exquisitos temas; y Deep Purple, enamoró a muchos con su canción Hush.
Como sea, ella tenía en la mano un long play que, a causa de su antigüedad, no era muy legible el nombre. Y ahí estaba él, que por el momento, no era él… o bueno así lo pensaba. Pequeños ojos indescifrables, un polo viejo y gastado de pinturas “Vencedor” y el pantalón remangado. Y ahí estaba ella, que por el momento, no era ella… o bueno así lo pensaba. Misteriosa mujer con los cabellos ondulados perfectamente desordenados, una blusa de seda y una falda con pliegues. Entre ellos, había algo de atracción: una inexplicable sensación de querer y no poder.
- ¿Sabes? Soy una rama al lado tuyo, salimos de la misma rama-madre, del mismo árbol grande, pero ni el viento me acerca –mencionó sin quitar la vista de los marrones ojos de la mujer.
-Quisiera no acercarme a ti, quisiera controlar esto- más ella no podía, al parecer no controlaba su cuerpo- No te conozco, pero siento que eres tú, que eres él, que eres esa persona: mi persona.
-Tómame del cuello, y oblígame a decirte esas cosas, las que quieres escuchar –le dijo sutilmente mientras en un ir y venir de su brazo, trataba de cogerle la mano.
A unas cuadras, había un teatro, decidieron entrar a ver El Rey León: típica de infantes que aún disfrutan del placer de ver dibujos con historias alucinantes.
Veinte años… larga vida de las hormigas. El tiempo y los medios que hicieron llegar los ojos de él a los de ella, la casualidad y los terceros que no sirven de pretexto absoluto. Incautos y distraídos con el corazón desorientado: era amantes de una ilusión del curso de un río desesperado. Nunca se quisieron ver, pero ahí estaban.
Hacía tiempo de una relación, cuando dos seres terrestres podían reír, llorar y abrazarse sin demostrar señales de debilidad carnal hacia el otro. Más no querían pero el movimiento de sus cuerpos, incontrolable era. Hacía tiempo de los prefijos y sufijos que deformaban toda sensación pasional al hacer contacto un cuerpo con el otro.
No hay un día extremo, ni tres escasos. ¿Sabrá rutinario el jugo de frutas cada mañana, salido de un artefacto silencioso o impreciso que nunca se deja escuchar? Las voces insignificantes que se atiborran en dimensiones y espacios fuera del ángulo visual. ¿La mujer de ayer es la de hoy? ¿Mi lugar para volver tendrá la misma dirección?
Extrañamente, todos estos pensamientos, bombardeaban la mente de él, ni siquiera tenían sentido. O tal vez ¿sí?
Y ahí estaban: ambos, mirándose como le mira un conductor a un semáforo.
El cielo azul y la pestaña perdida en las mejillas de ella, era el momento perfecto, o bueno no sé si perfecto, pero seguramente era el momento…
Tierna excusa resultó ser la pestaña. Él y su incontrolable ser se le acercó para quitársela con el roce de sus manos. Mirándose en el infinito de sus ojos, a pocos centímetros el beso que no se dio, pudo ser el más mágico de todos. Una descarga eléctrica por todos lados, una gota que se paseó por su cuello dándole escalofríos, depositó una semilla, a la que ella agregó tierra húmeda con su fría mano. Ahora, un árbol crecía en la mitad del pecho, las raíces se abren paso intentando que la sombra de un gran árbol llegue a envolverla. Esa fresca sensación que se desvanece de cuando en cuando y que la devuelve el viento del invierno, el efímero sueño, el sonido del tráfico.
En la última estación, la gente comenzó a dispersarse apresuradamente, abriendo paso al niño del cubo mágico, que parecía resaltar en la escena tan perturbadora. Se dirigía con prisa a la señora que vendía canchita dulce, la adoraba. Igual que a la niña que traía consigo un long play que le había regalado su abuela. Él la quedó mirando asombrado, como quien se encuentra a un viejo conocido y debe estudiarlo hasta una cuarta vez para cerciorarse que no está en un error. También ella lo miró.
-Nunca he armado este cubo mágico –atinó a comentarle a la pequeña.
- A mí nunca se me ha caído ninguna pestaña, hasta ahora –escupió ese comentario sin sentido, y en seguida se fue.
“Igual, hasta el día de hoy mantengo la verde sensación, la hoja fresca y el aliento a mentitas de que no fue el acabose, de que hay tropezones de todo y para todos, que seguimos estando conectados y desconectados en simultaneo, que algunos perspicaces pueden sentir esa electricidad en el aire cuando cruzamos miradas” –Pensó él mientras sentía la ingravidez de lo surreal.


1 comentario: