miércoles, 18 de mayo de 2011

La sombra de mi padre

Eres mi padre, eres extraño, hiriente, y tienes un aspecto de un hombre cruel, y la apariencia de alguien imponente, y un eterno resplandor de miedo se veia reflejado en tu rostro color infierno. Recuerdo, exactamente, el día en que te fuiste. Mi madre discutía fuertemente contigo, recuerdo su mirada de angustia, recuerdo lo que no decías y lo que ella te decía. Nunca entenderé a los adultos, pensé. Discutían por la limpieza, por la mesa, por todo y por nada. Esa noche caminabas en círculos, esa noche no me dijiste ni una sola palabra, ni siquiera me besaste, yo te esperaba. Esperaba el calor tan inexplicable, estoy seguro, todos los niños buscan de su progenitor, esperaba eso y nunca me lo diste. Esa noche, nunca obtuve la calma que tanto esperaba que me brindes. Después de todo eres mi padre, y al menos tenías esa obligación.

Los años eran meses; los meses eran días, los días eran horas, las horas eran minutos, y los minutos pasaban cada vez más lento desde el día en que dijiste "adiós".

Bueno, cuando te largaste, sí que pensé que el mundo era una real porquería. Aquella camisa me apretaba y la azul corbata me asfixiaba y mi abuela me agobiada con los abrazos. Me negué a pensar que te habías ido de mi lado, porque era inconcebible, porque resultaba insensato de tu parte y de tu supuesta conciencia paternal, porque no quería perderte.

Eres mi padre y, cuando te fuiste, noté que la habitación era grisácea, oscura, lúgubre, y sólo emanaba el olor de tu partida. Daba la sensación de que te habías ido de viaje, o peor aún que habías fallecido. La verdad es que para mi falleciste, y falleciste porque preferí asesinarte en mi mente, antes de pensar que habías asesinado el amor entre nosotros.

Pasaron los años y te encontré, de casualidad en una reunión. Te ví y viceversa. Se te rebosó la cara de extrañeza, así como si se tratara de un ser extraterrestre, los tíos, y los sobrinos presentes se quedaron mirando intrigados, alarmados, asustados y así se quedaron durante un breve tiempo y mi abuela te miraba con desdén y mi madre, ni que decir.

Decidí acercarme a ti para saludarte y no pasar de descortés. Noté que acomodaste tu camisa y echaste tu cabello para atrás, inclinaste tu cuerpo y te dirigiste a mi con un beso en la frente. Fue hermosamente extraño. Te comenté que estaba trabajando y que me iba bien e inconscientemente te di a entender que sin ti no había sufrido, que no eras del todo indispensable. Sin embargo me acerqué y te dije "eres mi padre, aunque te alejaste de mi, aunque no estuviste conmigo en los momentos de alegría, de triungo, de tristeza, aunque no estuviste conmigo en esos momentos, en mis momentos"

Ha pasado mucho, hemos ido por caminos diferentes; a pesar de que somos cercanos, estamos muy lejanos. No te guardo rencor: después de todo, eres mi padre.

Fiorella Sobrino Nakamura

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