domingo, 9 de junio de 2013

Descubrir morir y luego morir

Había una vez una mosca, que le gustaba volar y volar, tenía las alas delicadas como las de un diamante, su padre le había hablado sobre los metrónomos y lo perfectos que eran, le había hablado sobre ellos, "hasta un sordo podría escucharlos" le dijo su padre. La mosca nunca había visto un metrónomo en sus largos 16 minutos de vida, eran tan pequeña y frágil, era curiosa y por ello, decidió salir del tacho de basura en el que vivía, quería entender cosas y quería dejar de sentirse encapsulada. La mosca estaba preocupada y tenía miedo de atravesar laberintos mentales en su viaje, interponerse en conversaciones humanas, perturbar la atención puesta en un libro.

Voló
       voló
              y
                             ó       
                  v      l
                     o    

Vió algo hermoso, nunca antes había visto algo parecido, se sentó en un lado de la ventana, la atravesó, atravesó la barrera invisible, el miedo de estar fuera o dentro, la sensación de no pertenecer la invadía, pero la curiosidad era incontenible.

Lo atravesó y al diablo.

Voló
       voló
              y
                             ó       
                  v      l
                     o    

y se posó, se sentó, se cayó, se derrumbó y finalmente se sumergió entre su piel fría, pálida, con poros que podrían comunicarse entre sí por el frío, o quizá no necesariamente por el frío, sino porque un ser diminuto con sus alitas de diamante estaba ahí acostado, sobre su pecho.

La mosca estaba tan feliz, tan feliz de no sólo haber escuchado, sino sentir su primer metrónomo, un cuerpo desnudo, el que se convirtió en su lugar de muerte, estaba tan feliz escuchándolo, tan muerta, tan llena de vida y tan llena de frío, de tok tok's, de un corazón humano junto a su pequeño corazoncito.



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