Pudo ser el escenario de nuestro primer abrazo, un recuerdo que perduraría en mi memoria, una conversación sin fin. El escape anhelado hacia nosotros mismos. Pero no. Nunca no. Nosotros no. El ayer tuvo que desviarme para olvidarlo todo. El hoy me ha llevado hacia nuestro último lugar y me ha hecho sentir justo aquí en el centro de mi pecho. Nuevamente el hoy me ha dicho que me detenga, que contemple, que camine, que sienta y vuelva a sentir. Y revivo instantes y los recuerdos del dos mil nueve ya no podré verlos nuevamente ahí junto a los árboles de ficus y me pregunto si tú sabrás y si es que sí, ¿te habrás acordado de mí? de la canción que te toqué, del vendedor de caramelos que nos interrumpió, de la lluvia que nos empapó las frentes, de nuestras frentes tan cerca pero nunca lo suficiente como cuando dos personas se acercan para darse un beso. Sé hace un mes que Lima nos ha arrebatado nuestra banca, no sé exactamente cuándo sucedió o por qué o quién. Nunca quise aceptar que eventualmente sucedería porque siempre al caminar por esas calles todo volvía a mí y era uno de los recuerdos más bonitos que tenía sobre ti, pero ya no porque tú ya no eres ese para mí y yo tal vez sigo siendo la misma para ti, y esto último lo sé porque cada cierto tiempo lejano me lo dices. Lima me traga con memorias y a veces me asfixio e hiperventilo, pero el hoy ha sido distinto porque he suspirado al ver que aún no me arrebatan todas las bancas, que aún puedo acudir a un lugar. Y es cierto que es otro año y otra calle y otra banca y otra luz. Cuatro faroles, cinco ventanas, y la metáfora que decidiste traspasar para que todo sea un poco más real. Sé que mañana volveré a no verte de nuevo, a contar los faroles, a observar las ventanas, a sentarme en la banca izquierda donde hay espacio suficiente para varios pero donde no habrá nadie más que yo, donde no voy a abrazarte, donde no voy a llorar o sonreír, donde probablemente ya me olvidaste, donde fuiste el silencio más lindo de todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario